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19 septiembre 2010

VACACIONES EN EL MAR


Corrían los felices años 10, cuando una pareja de enamorados pretendía pasar unas vacaciones románticas el uno junto al otro. Así que buscaron la mejor manera de pasar esos días de descanso y decidieron que lo más propicio podría ser emular a aquellos enamorados de las décadas pasadas que se embarcaban en el Love Boat a cargo del capitán Stubing... Según la serie de Vacaciones en el mar, todo era de lo más romántico y si algún problema había entre las parejas, se solucionaba y acababa todo perfecto en plan final feliz... Así que nuestra de pareja de enamorados decidieron embarcarse en un crucero, aunque no fuese el de la serie, pero tenían la esperanza de conseguir el mismo resultado.

De esta forma tenemos a una pareja de enamorados con las maletas preparadas y el viaje a las costa realizado, pues dicha pareja no viven en una ciudad con mar y se tienen que desplazar hacía otra con puerto. Todo listo y preparado sin sospechar lo más mínimo que un gran nubarrón cargado de lluvia, rayos y truenos les iba a perseguir... Así nuestra pareja se dispuso a entregar los billetes para acceder al barco, sin embargo y contra todo pronóstico la entrada fue denegada, pues él, hombre de campo, cometía el terrible delito de no llevar calzado adecuado, pues unas zapatillas vestían sus píes en lugar de unos elegantes zapatos...

La tragedia se veía y aquella pareja de infelices no podían disfrutar de sus esperadas y felices vacaciones por culpa de unas dichosas zapatillas, así que no tuvieron más remedio que improvisar y actuar rápido, buscando una zapatería donde realizar las primeras inesperadas compras de sus vacaciones: unos zapatos nuevos. Pobres insensatos.

Afortunadamente aquellos desgraciados volvieron a sonreír cuando, una vez con los zapatos puestos, llegaron de nuevo al barco y pudieron emprender sus vacaciones en amor y armonía... Y como en aquella serie, nuestra historia tuvo un final feliz, aunque ningún miembro de la tripulación se desviviese para conseguirlo...

Todo esto me recordaba a la de los porteros de discoteca. Si eras chica, podías acceder a su interior aunque fuese descalza. Si eras chico la cosa se ponía más chunga, pues si era una discoteca pija te obligaban a llevar zapatos y nada de calcetines blancos... Cuando la normativa realmente te obliga simplemente a llevar un calzado seguro y lo único que realmente te pueden prohibir son las chanclas para evitar que se te fuese el píe y te cortases...

Pero en los felices años 10 los cruceros, visto lo visto, debían de ser de lo más pijo y para ser aún más cool decidieron comportarse como las discotecas. Aunque, claro está, me quedaba una duda en el aire: ¿los zapatos serían de obligada puesta? Mi cabeza no dejaba de imaginar a esa pareja de enamorados bajando (o subiendo) a la piscina con su bañador, su toalla y sus zapatitos limpios sin calcetines blancos, no fuese a ser que la tripulación, e incluso el mismísimo capitan Stubing, los arrojasen por la borda y tirasen sus cuerpecitos de enamorados a los tiburones...

Menos mal que en los felices años 10 no les dio a la gente por cambiar los refranes y sacar la versión del "hagas lo que hagas ponte zapatos" que aunque no rime (eso es lo de menos) sería lo más importante si en esos tiempos querías irte de crucero.

14 abril 2010

CAMBIO ARMANI POR UNA MORTADELA


Milán, abril de 2010. Climatología incierta. Es cierto mucho de lo que dicen, que es una Italia menos italiana de lo habitual. Las mortadelas gigantes de los escaparates habían sido suplantadas por los desvaríos estéticos de un puñado de horteras. No había vespas. Nadie gritaba. Habla en italiano y me respondían en inglés. ¿De dónde demonios pensaban que había salido?

Creo que sabíamos de dónde veníamos, pero ninguno de nosotros tenía muy claro hacia donde se dirigía. Sucedía muy a menudo, en los momentos de confusión me daba por comprar billetes de avión. Una ciudad y luego otra. pasa a veces que no te encuentras y que te vas a buscarte en un lugar en el que nunca has estado y al que tal vez no regresarás jamás. Caminas y caminas. Entras y sales de sitios. A veces te ríes y otras te hierve la sangre porque ya no soportas a nadie y quieres volver a casa. Y entre cerveza y cerveza, llega un instante en el que reconoces algo de ti mismo de lo que sin darte cuenta te habías olvidado. Y al hacer la maleta antes de ir de nuevo al aeropuerto, resulta que llevas muchas más cosas pero incomprensiblemente te sientes mucho, mucho más ligero.

Eran los felices diez y a nadie le importaba qué demonios habíamos hecho en Milán. Y esa sensación de libertad, la ausencia de la necesidad de explicar nada a nadie, me gustaba.