Eran los felices diez, pero ¿cuál era la cima de la felicidad? Tal vez volver a casa en la mitad de una tarde lluviosa, calentito en tu Mercedes de alta gama, y luego disfrutar del descanso del guerrero tomando un vaso de leche calentita, viendo una película, tapado con tu mantita al calor de la chimenea… Puede ser. Pero aquella era una tarde un poco puta. El Mercedes no es tuyo, es un taxi, y no tienes un puto duro con el que pagarlo, así que mejor parar lejos de casa y correr. “Espérame en la puerta del bar que voy a pedirle dinero a mi abuelo y te lo llevo”. Pero no vuelves porque, entre otras cosas, tu abuelo y hace tiempo que está muerto. En realidad, tu padre también hace tiempo que hierve en las calderas del infierno y de tu madre lo último que supiste fue que, puestos a elegir, prefería quedarse con aquel tipo que la ponía a cuatro patas. La casa está fría, no hay chimenea, ni manta y de la luz mejor no hablar, no sea que al tipo le dé por merodear para ver si te encuentra a ti o a tu abuelo y os parte la cara. La humedad se respira, se mastica y se pega a tu piel sucia. La nevera está vacía y hueles a tigre, así que decides echar más madera, pero a tu nariz, y tocarte un poquillo los huevos que te lo has ganado a pulso, chaval. Abres una botella de licor de hierbas de las del último golpe y a ver una
peli-putas de las de antiguamente. Bueno, se trata de uno de esos programas para que llamen salidos demasiado acomplejados para ejercer de un modo más digno, en los que repiten la misma secuencia una y mil veces y te dejan a medias. Pero, como dicen, aunque no mate el hambre, calienta el cuerpo. Subes y bajas y aquello no sube, y tu ánimo también sube y baja y ves dragones y a las 5 de la mañana el alcohol impone su ley y te quedas frito. Mañana será otro día, chaval.
Ni nos parece bien, ni nos parece mal. Solo somos observadores atentos que pasan el rato con unas birras y echando unas risas. Sin haberte visto en el pellejo del protagonista resulta fácil hablar, pero difícil saber. Una década feliz, pero se trataba a veces de una felicidad un poco hija de puta y que no daba para todos, y no seríamos nosotros quienes juzgasen a los que tal felicidad se les atragantaba. Al menos eso lo teníamos claro.
¿Y al taxista, que le decimos? “Pues nada machote, que TATO K.O. Llama si quieres a la autoridad, que no hace nada, pero entretiene y pasamos la tarde. Entre jefe y tómese algo, que la vida se ve de otro modo detrás de la ventana.”